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Normas: las mejores amigas del usuario de la tecnología

En una limpieza masiva que hice en mi casa hace algunas semanas, redescubrí a mi querida TRS-80 Model 100, la primera PC portátil que yo haya comprado. Con un máximo de 32KB (no es un error de imprenta), me había costado más de US$1.000 allá por 1983. Pero ¿era su memoria tan buena como la mía? Le puse cuatro pilas AA nuevas y la encendí.

Como de milagro, la pequeña máquina arrancó instantáneamente. Me postré agradecido ante el dios de las normas, el mismo que especifica esas baterías que pueden encontrarse en cualquier farmacia en vez de los modelos recargables y exclusivos.

Entonces volví a la realidad. Uno o dos días antes, en un arrebato por deshacerme de cables viejos, había botado aparentemente uno que pertenecía a la Model 100, inhabilitando así su única conexión al mundo exterior, un veloz módem de 300 bps (tampoco es un error de imprenta). Era éste un cable que seguramente no iba a encontrar en la tienda RadioShack.

Pero dentro del pequeño manual de bolsillo metido cuidadosamente dentro de la cubierta de plástico estaban las descripciones y los diagramas completos de los conectores del cable: el familiar RJ-11 telefónico en un extremo y un conector DIN grande y redondo de ocho espigas en el otro, ya que el insólito diseño también permitía conectar un acoplador acústico (jóvenes, no se molesten en preguntar). Con un soldador y un poco de talento, usted podría armar ese cable hoy. Y hasta resulta que también se puede comprar en Internet por US$5.

Las normas pueden rescatarle en momentos difíciles. En un reciente viaje a España, descubrí que mi sistema revisado de empaque para cumplir con las nuevas reglas para “líquidos, geles o aerosoles” de alguna manera había omitido no sólo el cargador de CA, obviamente sólido, para el enchufe muy poco normal de mi teléfono Palm Treo 600, sino también el cable para cargarlo que funciona con el puerto USB de mi computadora. La norma que salvó la situación estaba dentro del teléfono: la tarjeta SIM universal en mi Treo GSM.

Compré un teléfono barato que me sirviera en el entretiempo y enseguida le inserté la tarjeta SIM, lo que dio al nuevo aparato mi número telefónico. Claro, para que manejara datos tuve que llamar al departamento de servicio al cliente, pero por lo menos mis familiares y amigos pudieron mantenerse en contacto. Simple. Eficiente. Intercambiable.

Pero justo cuando uno cree que tiene las normas bajo control, surge algo que le echa a perder el día. Durante mi viaje a España, los servicios Wi-Fi de un hotel simplemente no trabajaban con mi portátil. La máquina podía ver la red inalámbrica. Me permitía escribir el código que me habían dado en la recepción. Pero la conexión fallaba y me devolvía a la lista de redes inalámbricas existentes en la zona.

Después de una larga conversación con un empleado conocedor, me di cuenta de lo que pasaba. El enrutador inalámbrico del hotel usaba la norma de cifrado WPA, que es la alternativa mejor y más nueva al cifrado WEP que se emplea más ampliamente (si es que hay cifrado) en los “hotspots” públicos. Pero mi máquina es demasiado vieja para saber lo que es WPA. No solamente hizo que la conexión fallara, sino que no podía diagnosticar el problema (aunque apuesto a que Windows podría haber ayudado si sus servicios inalámbricos estuvieran mejor diseñados).

A medida que las nuevas normas suplantan y mejoran las viejas, puede ser difícil deducir cómo los productos que uno tiene encajan en el esquema actual. Un dispositivo USB 1.1 puede hacer que Windows genere una serie de protestas cuando usted lo enchufa en un puerto USB 2.0, pero por lo menos trabajará. Tal vez me compre uno de esos cables de US$5 para ver si los módems de 300 bps todavía funcionan.

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