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Programas que no se callan

El estado mental que el psicólogo Mihaly Csikszentmihalyi llama “flujo” puede ser auténticamente mágico. No hay nada como el “profundo placer” de sumergirse en una experiencia, de enfrascarse en el trabajo, o en su afición o en su deporte o… perdóneme, tengo un mensaje de mi programa de contraespionaje, que se enorgullece en anunciar que mi máquina disfruta de un perfecto estado de salud.

¿Qué estaba diciendo? Oh, sí, que el estado de flujo se trata de… espere un minuto, acaba de llegar un correo electrónico. Basura. Y… un momento, el programa antivirus anuncia que acaba de actualizarse. Me alegro.

¿Flujo? ¡Qué flujo ni qué ocho cuartos! De pronto todos los programadores parecen creer que es buena idea interrumpirle a uno con la noticia de algún incidente trivial o cualquier cosa sin sentido. Como si no tuviéramos suficiente ya con los anuncios publicitarios emergentes, ahora sus equivalentes han encontrado la forma de colarse en las cosas que hemos comprado para que trabajen discretamente entre bastidores, no para que bailen sobre la mesa y pregonen su gloria.

En los viejos tiempos, su programa antivirus solía cometer la imprudencia de preguntarle si quería eliminar un virus o simplemente ponerlo en cuarentena, como si uno quisiera mantener su propia colección personal de virus. Ahora quiere vanagloriarse de que ha realizado el mantenimiento exitosamente, que repelió un ataque, que revisó y aprobó un anexo al correo electrónico, o que descubrió que la suscripción a su antivirus caducará en seis meses, o quizás que se mantiene en guardia en un segundo plano. Que me perdonen los programadores, pero no veo qué hay de especial en esto. ¿Por qué no me interrumpen sólo cuando hay un problema de verdad?

Quizás sólo sea la influencia del software más antiflujo que se haya creado –el de los mensajes instantáneos, que ya he eliminado de mi PC– pero las interrupciones constantes son ahora un modo de vida. La protección del Control de cuenta de usuario en Windows Vista le fastidia cada vez que usted hace algo que posiblemente en algún universo alterno pudiera dañar su máquina, pero que en el mundo real casi siempre es benigno. Lo único que les digo a Windows y a todos los demás programas del planeta es: ¡cállense ya!

Si la búsqueda de programas espías no detecta problemas, no se molesten en decírmelo, por favor. Si algo como el Adobe Acrobat Reader puede actualizarse por su cuenta, que lo haga sin molestarme después de la primera vez que pulso Aceptar. En vez de pedirme permiso para iniciar otro acto grandioso que pudiera demorar tremendamente mi computadora, inventen la manera de hacerlo cuando la máquina esté ociosa y no me obliguen a arrancarla de nuevo, a menos que de no hacerlo las consecuencias sean el primer paso hacia el desastre. La regla simple debe ser: no abran el pico mientras no se trate de algo verdaderamente importante.

Si usted es un programador de cortafuegos, utilice una base de datos interna que se actualice silenciosamente para descubrir cuáles programas deben recibir permiso para comunicarse con el exterior desde mis máquinas y cuáles no. Y a estas alturas, no quiero ya ni oír ese sonido revelador que me avisa la llegada de un nuevo mensaje de correo electrónico. Gracias, ya me encargaré yo de mirar la bandeja de entrada.

Detrás de muchas de estas interrupciones no hay más que una campaña publicitaria diseñada con la idea de que al recordarle a usted la importancia de estos auxiliares –que deberían ser mayormente invisibles– usted seguirá pagando por nuevas versiones o suscripciones. Pero después de la enésima interrupción, uno empieza a preguntarse si hay una solución más discreta que haga lo mismo. Desgraciadamente, ahora que los programadores y los vendedores se comportan como niños malcriados que tratan de acaparar una atención que no merecen, el concepto del software silencioso parece estar cada vez más en desuso.

¿Flujo? ¡Qué va….!

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