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En apoyo a una política de New Deal para la tecnología

Para impulsar la economía, nuestro nuevo presidente quiere financiar la infraestructura del país. Esperemos que esto incluya dinero para la Internet.

Es época de rescates. Los políticos están entregando cifras impresionantes en un derroche de sumas sin precedentes para salvar industrias e instituciones estadounidenses que luchan por mantenerse a flote. Y en una medida que nos remonta a la época de la Gran Depresión, el presidente electo Barack Obama está preparando un paquete de 1,3 mogollón de millones de dólares para la modernización de la infraestructura. Ante todo, eso significa escribir cheques para financiar carreteras, puentes, sistemas de alcantarillado, y otros proyectos similares, aunque Obama también ha mencionado la necesidad de desembolsar algún dinero para la Internet.

No me voy a poner a debatir la eficacia de estas inyecciones de capital como método para estimular la economía; soy redactor de tecnología, no economista. Además, odio las calles con agujeros y las tuberías rotas tanto como cualquier otra persona. Pero mientras Washington mantenga la chequera abierta, aprovecho para hacer mi recomendación: la Internet debería obtener también una asignación sustanciosa, puesto que el dinero que se emplea en tecnología de punta generalmente produce mayores dividendos relativos que las inversiones en otras áreas.

Después de todo, en el siglo pasado Estados Unidos invirtió fuertemente en tecnologías y llevó sus logros a la cima de la cadena alimentaria intercontinental. Los avances en ingeniería eléctrica, transportación, biociencias, tecnología para la defensa, y especialmente en la informática, guiaron este desarrollo meteórico. De tal manera que la “economía global” se convirtió en la “economía de la Internet” (¡gracias por ese capital inicial, tío Sam!), y Estados Unidos se colocó en la cima del mundo.

Ahora Estados Unidos se está quedando a la zaga

Cualquier ventaja que hayamos tenido en un momento determinado se ha perdido. Kaput. Según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OECD, por sus siglas en inglés), Estados Unidos ocupa el puesto 15 en penetración de banda ancha, a la zaga de una buena parte de Europa, así como de Corea del Sur y Canadá (www.pcwla.com/buscar/09020401). Y nuestra posición en el escaño 19 en el rendimiento del ancho de banda es aun más patética. Nuestra velocidad promedio de 8,9 megabytes por segundo para bajar datos está muy por detrás de la de Japón (el campeón a 93,7 mbps), sin mencionar a otras potencias tecnológicas como Nueva Zelandia y Luxemburgo. Donde únicamente clasificamos entre los diez primeros: somos el octavo lugar entre los más caros.

Y el panorama de los celulares no se ve nada mejor. Mientras el gigante australiano de las telecomunicaciones, Telstra, recién ha anunciado que llevará la velocidad en redes 3G a los 21 mbps, los usuarios en nuestro viejo y querido país nos consideramos afortunados de lograr apenas un décimo de esa velocidad.

Una conectividad de segunda y a precio inflado es un inconveniente que debe sufrir el ciudadano estadounidense medio, pero para las empresas del país representa un obstáculo económico significativo que limita nuestra capacidad para competir a escala mundial. Contar con un ancho de banda de gran velocidad abre puertas tanto a la innovación técnica como a nuevas ideas de negocios. Con la infraestructura adecuada, una compañía podría lograr éxito instantáneo desarrollando, digamos, nuevos tipos de videoconferencias a través de banda ancha. Igual para empresas con contenido digital interactivo o para las que ofrecen comercio electrónico móvil. Sin una base de clientes totalmente conectada, no obstante, no se corre la misma suerte.

Entonces ¿qué contemplaría una revitalización de la infraestructura tecnológica? Casi lo mismo que en el Acta de Electrificación Rural de 1936, necesitaría concentrarse en la “milla final”. En este caso, requeriría llevar cable de fibra óptica, o al menos DSL, hasta cada hogar. Nuestra infraestructura inalámbrica también agradecería algún tipo de atención, por lo cual Estados Unidos debe instalar nuevas torres de telefonía celular con varias celdas en cada una. Los problemas comerciales tendrían que quedar resueltos (¿arrendamiento, alquiler, acuerdo de copropiedad?), pero eso sólo significaría más trabajo para los abogados. El resultado final: mejorarían drásticamente la velocidad y la confiabilidad de nuestra telefonía celular.

Mientras tanto, si quedara algo después de que el gobierno federal haya revisado debajo del tapete, tengo una última sugerencia, muy parcial: ¿Qué tal un poquito de plata para todos los redactores de tecnología que andan por ahí?

-Steve Fox es director editorial de PC World.

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